Alain Beauregard, asesor de operaciones para DID en Bamako, Malí
Comencé mi carrera en DID como "joven pasante internacional" en Malí, de enero a julio de 1998. Luego, obtuve un contrato de dos años como asesor en la red de cajas populares Nyèsigiso. En junio de 2000, a pedido de DID, volví a la sede social para ocuparme del desarrollo del Sistema DECISIÓN y su implementación en las redes asociadas. Allí trabajé de julio de 2000 a febrero de 2008 como asesor en sistemas de información.
En marzo de 2008 obtuve un mandato para apoyar a cuatro redes asociadas en el marco del proyecto de interconectividad financiado por la Federación Bill y Melinda Gates en África del Oeste. Esas cuatro redes están distribuidas en tres países: Nyèsigiso y Kafo Jiginew en Malí, la Red de Cajas Populares de Burkina (RCPB) en Burkina Faso y FUCEC en Togo.
Este es mi segundo mandato de largo plazo sobre el terreno desde mis inicios en DID en 1998.
Durante los siete años que pasé en Canadá tuve la ocasión de efectuar misiones en Malí, Senegal, Burkina Faso, Níger, Togo, Burundi, Madagascar, Guinea Conakry y Haití.
Lo que más me gustó de esas misiones fue la oportunidad de hablar con la gente. Contrariamente a un viaje turístico donde el objetivo es ver el país y la gente en un plazo de tiempo restringido, la realización de una misión nos lleva a profundizar las relaciones con la gente que trabaja en las redes asociadas. En efecto, debemos trabajar juntos, comprendernos, aceptar la visión del otro y alcanzar un objetivo preciso a pesar de las diferencias culturales. Para mí, cooperar es abrirse a la diferencia, acoger nuevas ideas y tradiciones a veces milenarias. En nuestra calidad de asociados, aportamos una piedra a un edificio que ya está en vías de construcción. El respeto de la gente es primordial para el éxito de un proyecto: ¡sin respeto no hay éxito!
El mayor desafío asociado a mi proyecto es mantener el contacto con las cuatro redes asociadas que están establecidas en tres países. El éxito del proyecto depende de los contactos regulares entre las direcciones de las federaciones, pero sobre todo con el personal que implementa, despliega y administra el servicio entre cajas. Por mi parte, tuve la oportunidad de conocer más a fondo a la mayoría de las personas con las que hoy trabajo. Tengo pues una buena idea de la gente en la que me apoyo para realizar el proyecto.
Para mí, cooperar es también impregnarse de la cultura en la que vivimos. Por ejemplo, durante la estación cálida, que comienza en marzo, mi mujer y yo huimos del calor, el polvo y la contaminación de la ciudad para sumergirnos en la frescura de los pueblitos. Vamos regularmente a visitar el pueblo de la familia de mi mujer, que está a una hora de Bamako. Como en todos los pueblos típicos de Malí, nos encontramos con un viento fresco que viene de los vastos campos adormecidos por la estación, a la espera de la llegada de las lluvias. No hay asfalto recalentado por el sol y corretean a nuestro alrededor decenas de niños. La tía mayor nos recibe con su sonrisa, feliz de vernos llegar. Los saludos no terminan (I ka kènè (¿Cómo te va?), Toro si té (Todo está bien), los apretones de mano profusos, en pocas palabras, una media hora de saludos. Traemos los víveres que son algo difíciles de encontrar o que son más caros, como el azúcar, el pan o los caramelos para los niños. El momento más agradable es cuando nos sentamos debajo de un gran árbol que está en el medio del patio.
Un día en el pueblo permite olvidarse del estrés de la ciudad, el ruido, el tránsito pesado, las motos que se cuelan entre los automóviles, los peatones que cruzan en todo momento en la calle, etc.
Ir al pueblo nos permite relajar las presiones de las últimas semanas.
¡Eso también es cooperación!
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